He visto esta película varias veces y desde la primera vez que la vi, el plot me inquietó por la idea de institucionalizar un día en el que "todo se vale": una situación social generada desde la normatividad que incide precisamente en aquello que regula: las no-reglas, la anomia.Otra película que alude a este sentido de a-nomalía como parte de la estructura de las cosas es "Madeinunsa" (2006), película peruana en la que la celebración del santo patrono de una comunidad indígena radica en una temporalidad donde se le cubren los ojos al Cristo de la iglesia, y al no poder "ver" lo que hacen los feligreses, se les permite hacer cualquier tipo de actividades ilícitas, crímenes y aberraciones hasta que se le vuelven a destapar los ojos al santo y todos deben comportarse como se espera de ellos en la comunidad.
La idea de un día en el que el orden social se desdibuja para dar paso a una temporalidad regulada simplemente por los impulsos inconscientes de las personas es un planteamiento que se antoja, efectivamente, para una película en la cual se abstraiga la pulsión de violencia desatada como catalizador de la tensión acumulada después de un año de tener que ser amable a la fuerza. Y al mismo tiempo, este planteamiento conlleva a pensar en temporalidades en las que se genere una situación social caótica donde todo esté permitido.
Pensando en mecanismos reales de 'purga' en nuestras sociedades, me encontré con los casos del Takanakuy peruano y los pedimentos de lluvia del estado de Guerrero. Ambas prácticas consisten en un día al año en el que habitantes de predios o comunidades aledañas se reúnen a beber y básicamente a arreglar cuentas pendientes a base golpes. Mujeres, niños, ancianos y cualquier persona que tenga algún problema a resolver, tiene el derecho a llevar a la arena de combate su litigio y resolverlo personalmente con sus propios puños.
Excepto por la exoticidad del asunto, su abordaje, descripción e interpretación, todos estos casos hablan de situaciones sociales en las que se disipa la normatividad cotidiana y se da paso a un estado caótico permisivo cargado de una pulsión de violencia que permea todo lo que sucede en este tiempo 'de purga': asesinatos, violaciones, tortura... Aparentemente, la carencia de normas incidiría directamente en el libertinaje y en la permisividad de la violencia, sin embargo, como válvula de escape, las prácticas sociales de purga inciden precisamente en aquello que niegan: la estructura de las cosas. Así, caí en cuenta que en la posmodernidad vivimos gestionando válvulas de escape (purgas) en donde aparentemente se disipa el orden normativo de la sociedad y emerge un tiempo-espacio del caos incontrolable y legítimo, pero que terminan incidiendo en la normatividad que nos regula.
Un ejemplo puede ser el esquema de 'Carnaval' en el entramado católico previo a la Semana Santa. Al menos en las usanzas de mi barrio, el carnaval con su algarabía reproduce una temporalidad caótica en el que la carne (carna-val) disfruta de todo aquello que la constricción espiritual prohíbe. La lógica sería: sacar a relucir todos los pecados para después arrepentirnos y darnos cuenta que efectivamente, son pecados y están "mal". Así, la purga es una metáfora de la puesta en escena de la estructuralidad en la que vive el ser humano, desde una faceta extraordinaria, desde una aparente falta de control para confirmar necesariamente que es necesario el uso de la fuerza para el sometimiento del impulso de muerte que precede al deseo humano.
Bajo este entendido, pareciera que existen mecanismos de purga en las sociedades que les permite regular aquellas cuentas pendientes acumuladas en el devenir diario, al mismo tiempo que incide en la confirmación de los patrones y límites socialmente aceptados de comportamiento. Resulta necesaria y terapéutica una buena purga, aunque sea una vez al año.
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